lunes, 3 de agosto de 2015

Eusebia, la niña quechua que salvó su escuela

Niños de la comunidad Macha Cruz K’asa (Potosí) caminan hasta 5 horas para ir a estudiar
 En la imagen principal (centro), Eusebia rodeada de sus ocho compañeros.

La Razón (Edición Impresa) / Aleja Cuevas / La Paz
00:01 / 02 de agosto de 2015
Con los cuadernos y algo de comida en un aguayo, Eusebia Aguilar, una niña de nueve años, camina tres horas a diario para llegar a su escuela, ubicada en la comunidad de Macha Cruz K’asa, en Torotoro (Potosí). Su afán para el estudio sirvió de ejemplo y evitó el cierre de la única aula.
Hace cinco meses, Eusebia era la única alumna inscrita en la escuela de “Macha” y para no sentirse sola llevaba a su primo Róger, de cuatro años, como oyente. Ambos niños hablan quechua y están en proceso de aprendizaje del castellano. La pequeña está al cuidado de sus abuelos porque sus padres migraron al Chapare (Cochabamba).
En febrero, el consejo del núcleo educativo decidió cerrar la escuela bajo el argumento de que “no tenía alumnos y casi ningún profesor se atrevía a trabajar en el lugar, por estar tan alejado”. La población más cercana a la unidad queda a tres horas de caminata, no ingresan vehículos. El poblado central de Torotoro está a siete horas (caminando) del establecimiento.
Entonces, Edmundo Jachacata, un dirigente anciano de la comunidad, protestó y se opuso al cierre justificando que Eusebia estaba ahí. Su posición ganó dos aliados: Eduardo Ticona, un joven maestro, y Emilio Aduviri, el subalcalde del distrito.
El maestro, apoyado por las autoridades y motivado por la actitud de Eusebia, recorrió casa por casa para convencer a los comunarios de enviar a sus hijos a clases. El arduo trabajo dio frutos, actualmente la escuela tiene nueve niños que defienden la educación en Macha Cruz K’asa. El cierre de la unidad fue suspendido y se implementó un aula multigrado porque los niños oscilan entre cuatro y 12 años.
Cursos. Hasta 2014, una normativa establecía el cierre de toda escuela con menos de diez alumnos, pero el Ministerio de Educación emitió la Resolución Ministerial 015/2014 con la que se flexibiliza el mínimo de estudiantes para escuelas en fronteras o alejadas, como la de Eusebia.
El profesor Ticona está ahora a cargo del grupo, que pasa clases en quechua, principalmente, y en castellano. Los niños entienden éste último idioma aún con dificultad. “Lo bonito es que aunque vivan lejos siempre llegan puntuales, pero lo más triste es que estos niños tienen que caminar tres, cuatro o cinco horas más que yo”.
Comunarios relataron que en los parajes por los que andan los niños para llegar a la escuela hay pumas, víboras de cascabel y gatos de monte. Por eso ellos entran a las 10.00 y se van a las 16.00, de lunes a viernes, para estar en sus casas antes de que anochezca.
Luego de que los niños dejan la escuela, donde no hay señal de radio ni celular, Ticona se queda en la total soledad y para contrarrestarla acostumbra subir a un cerro para escuchar su radio. “Vengo de un pueblo pobre, me eduqué en una escuela como ésta, ya estoy acostumbrado. Ya me encariñé con los niños y no puedo dejarlos”.
Cada 15 días, el profesor camina hasta Torotoro para trasladar el alimento escolar: aceite, harina, arroz, fideo, leche en polvo y azúcar. Él recibe la ayuda del alcalde escolar y “el junta escolar”, que son dos personas elegidas por la comunidad para apoyar las labores educativas.
Ticona, además de enseñar, es quien prepara la merienda escolar para sus alumnos. Él contó que aprendió a cocinar con la ayuda de los niños, quienes casi siempre agregan sus propios alimentos: tostados, mote y huevo duro.
La historia de la niña quechua, sus compañeros y el maestro Ticona fue recogida por el Centro Boliviano de Investigación y Acción Educativas (Cebiae), que visitó Torotoro y otros municipios rurales alejados para reunir testimonios en documentales relacionados con educación y género.
“Eusebia es muy tímida a la hora de hablar, se limitaba a contestarnos con un sí, un no, o sonreírnos”, señaló Arturo Choque, coordinador del Cebiae. El fotógrafo Gigie Sartorí, quien formó parte del equipo del Cebiae, detalló que la escuela es de adobe y piso de tierra. Tiene dos pizarras, seis pupitres, además de ventanas y puertas desencajadas por el sol y la lluvia.
El dirigente de la Confederación de Maestros Rurales, Efraín Ajllahuanca, resaltó que ser educador rural demanda sacrificios, pues muchas veces el trabajo va más allá de la enseñanza, además de la dificultad de los traslados.
Recordó que hay compromisos por parte del Ministerio de Educación de mejorar las condiciones para profesores rurales y crear internados con centros tecnológicos para alumnos de estas escuelas, “pero no hay nada”. El viceministro de Educación Regular, Juan José Quiroz, dijo que solicitará informe de la situación de estas unidades a las direcciones departamentales.

fuente: La razon

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